sábado, 18 de febrero de 2012

Metras o canicas


Metras o canicas 
que 
preservan energía y algo más 

El juego de metras, trompos y volantines, asimismo,  estuvo presente en mis entretenimientos infantiles. Las metras con todas sus modalidades y variantes del redondel de la “troya” me enfrentaron con los procesos de conservación de energía y  cantidad de movimiento en choques mecánicos; pude apreciar los choques frontales entre dos metras iguales y cómo la quieta salía disparada y la del movimiento se quedaba clavada en el sitio de la primera, con transferencia total de energía y momento  de una a la otra; cómo, dependiendo del ángulo de choque, se podían sacar simultáneamente dos de la troya. Aprendí a escoger el “mate”, completamente esférico y adecuado para jugadas precisas y efectivas; a jugar “uñita” con el pulgar montado en el índice y los demás dedos extendidos en la arena en función de soporte y guía, dispuestos a propinar un fuerte disparo con el índice, avalado en la tensión elástica infantil que permitían los tendones de los dedos; o a utilizar la técnica del “chopo” para darle mayor impulso con el pulgar montado en el índice, con los nudos de los dedos hacia abajo, apoyados o no en el piso; a lanzarla a la raya o la troya con retruque, dándole un fuerte giro con los dedos para que cayera cerca del círculo; a conocer las irregularidades, desniveles y sectores curvos y planos del terreno donde jugábamos para predecir la trayectoria, el recorrido y la detención de la metra en el sitio requerido; a tolerar el incremento de la fricción en la superficie de la metra por la humedad del terreno en tiempo lluvioso y añorar la mejor cancha arenosa de la calle cuando la mamá de “Enga” nos corría de su frente cansada de la algarabía infantil. En una de esas exhibiciones e intercambios de habilidades con las pequeñas esféricas, una penetró por el hueco de la planta del zapato raído de goma que calzaba para tales faenas infantiles; no sé, sí por inocencia o picardía, pero adentro se quedó y del ruedo desapareció. Varias veces puse en práctica esta artimaña cuando estaba quedando “rupiao”, hasta que se dieron cuentas mis compañeros de juego y por un tiempo me impidieron compartir con ellos. En una oportunidad presencié cómo Argenis, uno de los jugadores eventuales más experimentados, de fuertes manos con pulgares fortalecidos con el trabajo de albañilería, de un solo “chopazo” partió una metra en dos; la noticia corrió por la calle El Tubo y a partir de tan inesperado y sorpresivo evento, ninguno de nosotros se quería exponer a perder su mate con tal fenómeno de las metras. Jugando, logré coleccionar  medio pote grande de leche Reina del Campo con metras de vidrio con vistosas hojuelas incrustadas; de balines de rolineras de los artilugios mecánicos que botaban en el basurero de la Indulac y que dependiendo del tamaño eran equivalentes a cinco o diez metras normales y nuevas; de bolones de cristal, con equivalencia de cinco o dos de las pequeñas dependiendo de si estaban reluciente,  porosos o con rayones. El medio pote no me duró mucho; el desacato de una obligación por el juego, hizo que Mamá lo lanzara al barrial del solar vecino donde era imposible rescatarlas. Varias noches soñé ingeniando infructuosas formas de desenterrar las metras del lodazal.

Trompo girador 
para 
resguardar momentum

El trompo de madera secundaba como pasatiempo en la calle El Tubo durante la temporada de Semana Santa. Como dispositivo lúdico llamó siempre mi atención, era mágico su funcionamiento; sin dar vuelta no se podía mantener erguido, vertical; bastaba ponerlo a girar rápido con el cordel para verlo parado sobre la punta, que zumbara como un cigarrón, que se deslizara por el piso dejándolo marcado con trazas de su danzar sobre la arena, y poco a poco disminuyera su velocidad hasta cabecear y caer. En cierta oportunidad intenté fabricar uno con un trozo de madera pero fue improductivo mi trabajo, no bailó. Desconocía un principio de simetría axial que se debía respetar para impedir su corcoveo: la masa debería estar uniformemente distribuida alrededor de su eje para darle la adecuada alineación, como se hace con las ruedas de los carros; en consecuencia, se requería de madera lo más homogénea posible. Mucho después me enteré de cómo funciona; parado verticalmente sobre su punta en el piso sin girar, está sometido a dos fuerza equilibradas: una, su propio peso y la otra la reacción del piso sobre la púa; en esta condición su propio peso lo tumba por el torque que le aplica. Pero, parado, girando, tiene algo que los físicos llaman momento angular y que lo mantiene en tal estado mecánico; a medida que rota, el roce con el aire y el de la punta con el suelo disminuye su velocidad y momento angular; es cuando entonces se hace apreciable la variación del momento angular y el torque de su propio peso lo hace cabecear, es decir, precesar hasta caer. Del baile del tropo dominé lo más elemental acorde a mi edad, pero presencié cómo otros amigos lo agarraban bailando en el aire con la palma de la mano y lo pasaban a la uña del pulgar, o pasando el cordel doblado alrededor de la punta le daban un impulso hacia arriba para agarrarlo en el aire y posarlo con elegancia en la palma de la mano. Durante las competencias perdí varios trompos; recuerdo uno recién comprado, que con otro de punta larga bien afilada, de un preciso clavao, me lo convirtieron en dos tapas. Por los cuentos de historieta del simpático, travieso y noble negrito mexicano Memín Pinguín me enteré que también le decían peonza y a las metras, canicas.

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